Patricia Valdivia Rivera, Novela,
neorrealismo
Comparto otros párrafos de mi novela Alambradas…
Tácticas de supervivencia
(…) Solamente los sin pecado llegarían al cielo para salvarse. Los demás
hermanos los escuchaban atónitos, era difícil preguntar pues muchas frases y
palabras eran desconocidas, aunque el tono de voz les aseguraba que de ellas
dependía su vida. Si preguntaban qué era un pecado la respuesta era simple:
todo lo que no es Dios. Culpables por no entender ni un poquito y no saber cómo
hacer para no dejar de existir sin Dios, ellos les respondían: rezar, rezar,
hermanos. Y allí callaban, porque ninguno sabía rezar, en esa casa nadie les
enseñó a rezar, a repetir de memoria esas frases largas, y ya se sentían
condenados. Así aprendieron a hacerse la señal de la cruz ante la imposibilidad
de la memoria, y de allí en adelante inventarían sus oraciones, sus ruegos a
ese Dios que parecía muy cruel por los castigos que enviaba desde los cielos,
pero que a la vez sabía escuchar y cumplir promesas. Otras veces, con la
exaltación de los milagros, contaban cómo habían visto caminar a un cojo y ver
a un ciego.
Leían versículos y los explicaban.
La madre los dejaba hacer, consideraba bueno tener hijos píos, ajenos al
pecado. Cada día la euforia arrebataba la poca tranquilidad de los hermanos.
Tienen que ir al templo, tienen que orar, nos merecemos los castigos, por no
hacer la voluntad del Señor, es la única salvación. Y comenzaban a predicar a
ese pequeño rebaño confundido, ahora con un miedo más a cuestas. Dios estaba
furioso, era capaz de los peores tormentos y seguro era por eso que no
escuchaba sus súplicas. Si se arrepienten todo va a cambiar, porque los
milagros existen, lo hemos visto con nuestros propios ojos. Y se arrodillaban
en cualquier parte, gimoteaban oraciones, restregando a todos las palabras del
Señor. La pequeña escuchaba sin entender, como siempre, bastaba el tono para
saber que la tormenta del hogar sería aún peor y se abrazaba a Amara, que la
ponía a repetir frases extrañas de pronunciación difícil, y lloraban juntas por
todas las almas del mundo. Adham no se arrimaba a nadie, conocía demasiado bien
el espanto, y no se dejaba tocar ni por los que lo mimaban con lástima y
cariño. (…)

Comentarios
Publicar un comentario