En esta oportunidad, los invito a leer parte del capítulo Los Montones, de mi novela “Alambradas” que se encuentra disponible en Amazon. Deseo sea de su agrado.

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(...) ¡Cómo saber que esa tierra seca, invadida por el General y cercada con alambre de púas por sus hijos, era una réplica chiquita del terror dictatorial! Que probablemente los gritos de rabia y dolor en “Los Montones” retumbaban en Guasina, El Burro, El Obispo, en total consonancia con los alaridos de tantos hombres y mujeres torturados. Iban dejando atrás la civilidad que husmearon por pocos años.
 

Pasaron calles y más calles, pueblitos, gente en grupos, hombres solitarios que se fueron quedando afónicos. Sólo el motor de la camioneta que recorría un camino infinito. Los emigrantes conocerían nuevas tierras, ni la Minna sabía a dónde iban. De manera brusca la carretera terminó, tenían que agarrar fuerte las cosas para que no saltaran hacia la tierra herida. Se notaba con claridad que se había forzado un camino que apenas los dejaba pasar. Lleno de huecos, de piedras sorpresivas y restos de hierba recién cortada. El calor los fustigaba como siempre, no se habían acostumbrado a ese horno, la maleza los despeinaba y si no estaban alertas les podría hasta arañar un ojo.  

 La travesía los tenía agotados. Los hermanos mayores decían: y todavía falta, cuando vean un portón de alambres, estaremos recién entrando a Los Montones, de allí a la casa nueva tendrán que aguantar. Les ardía la piel, la cabeza les retumbaba a todos, menos mal mamá les había dejado agua. Tomaban desesperados los tragos tibios, se pasaban de mano en mano con rapidez las botellas, pues la maleza no avisaba y las cosas no podían perderse. Miraban con ansiedad al sol, que poco a poco fue cediendo. Les mostró un paisaje menos furioso, unas colinas que invitaban a revolcarse en ellas de lo suavecitas que se veían. 

La brisa también fue cordial y les dio la bienvenida a esos parajes. Ya reconciliados con el zarandeo, la camioneta paró de golpe. Uno de los muchachos bajó a abrir el portón. ¡Cierra la cadena con candado, carajo! Obedeció, la verdad es que lo estaba haciendo pero el General los quería más veloces. Ese era el otro reto, la celeridad. Al comer, vestirse, bañarse, trabajar, ¡todo! Así entraron a Los Montones y el camino no varió, quizás se les hizo más penoso. Ahora las ramas amenazaban con espinas enormes, casi no podían ni defenderse, pues no había espacio para agacharse bien. Faltaba poco, se decían para darse ánimos. (...)


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